Hasta que la muerte nos reúna. Capítulo 1

Después de un largo turno de trabajo en la fábrica, por fin me senté en mi viejo Ford Fiesta. Suspiré por un largo rato y traté de relajarme, todo lo que se puede relajar uno en el asiento de un coche. Mis brazos aún estaban entumecidos por el esfuerzo final. Era eso, o quedarme haciendo horas extras que no pagaban. Definitivamente, preferí terminar el cambio en las máquinas y largarme a toda prisa a mi casa. Me esperaban dos días de descanso en las que no pensaba salir para nada. Me pondría el mayor número de películas y me gastaría una buena parte de mi sueldo en comida basura. El mayor problema de comenzar a vivir solo era precisamente eso. No tenía la más remota idea de cocinar. Menos mal que el microondas y el horno eran mis más leales aliados en estos tiempos. Cuando traté de arrancar el Ford, este debía de estar igual de cansado que yo. Me costó varios intentos que el motor de arranque me hiciera caso. No recordaba cuando había puesto el volumen de la radio tan alta. El ruido que provocó en mis oídos hizo que hasta diese un sonoro grito de pánico. Maldije ese viejo trasto del año cinco antes de cristo. Ni siquiera las antiguas cintas de Bon Jovi funcionaban correctamente. Me dio exactamente igual. Conecte la FM y me dispuse a escuchar la mierda de noticias que nos da este jodido país. Para colmo, tenía que desplazarme treinta kilómetros hasta el pueblo de al lado. ya que no trabajaba en la misma población. Tan solo poder salir de aquel polígono industrial, tardé casi veinte minutos. No era la primera vez que me topaba con cierto tráfico, pero esta vez varios agentes de policía regulaban el tráfico. Así como varias patrullas de la Guardia Civil, armas en el hombro incluidas, miraban desconcertantemente a través de los cristales de todos y cada uno de los vehículos que pasaban delante de sus narices. Cuando me tocó el turno a mí, dos de ellos, dieron una vuelta a mi vehículo con cierta parsimonia. Incluso llegue a pensar, que me volverían a desmontar todo como la última vez, en busca de droga. Pero no fue así. Tras colocarse nuevamente a mi izquierda, me dieron la señal de continuar. A lo que no les puse objeción alguna. Cuando por fin pude tomar la carretera en dirección a mi casa, me llamó la atención el debate de la radio. Hablaban sobre si hay Gobierno o no, pero eso no era lo interesante. Pues llevábamos casi un año sin Presidente electo. Lo que me llamó la atención, fue que cortaran de improviso el debate y dieran paso a noticias urgentes. Otra vez alertaban de otra gripe que causaba estragos. No le di mucha importancia, pues desde que tengo uso de razón, he escuchado este discurso y he conocido como diez tipos de gripes que, casualmente, meses después una farmacéutica saca la vacuna y si te he visto no me acuerdo.
Al llegar a la entrada del pueblo manchego donde resido, volví a ver otro grupo de Guardias Civiles. En este caso no portaban arma. Al menos desenfundada. Me detuve detrás de una larga fila de coches también detenidos. Algunos, después de ser entrevistados por aquellos agentes de la autoridad, daban la vuelta y se marchaban, otros los dejaban pasar. Cuando mi turno llegó, entendí porque. Solo dejaban pasar a los residentes. Enseñe mi documento de identidad, que por casualidades de la vida, había renovados un par de semanas atrás, y se podía leer mi nueva dirección de residencia. Si esto llega a pasar, como digo, un par de semanas atrás, no hubiera podido acceder a mi casa. Pues yo era forastero. Me trasladé desde Madrid, cuando reubicaron la fábrica donde trabajo. Cuando por fin llegué a mi casa, active el mando del garaje y guardé en mi minúsculo habitáculo mi Ford. Aquella urbanización de casas adosadas era perfecta para mí. Además de que el alquiler era muy asequible. Nada comparado con los pisos de mierda donde había vivido en Madrid. Por el mismo precio, pude alquilar esta casa semi nueva. Por no decir nueva. Ya que los dueños, ni siquiera vivieron allí ni un solo día. El barrio estaba más tranquilo de lo habitual, algo que agradecí. Enseguida encendí el horno, y desenvolví  una pizza congelada. De la nevera abrí una lata de cerveza y encendí el portátil. Busque en páginas de películas, porque sí, me las descargo. Que me lleven a la cárcel. Pero para la mierda que cobro no puedo permitirme pagar por todo. Una vez que mi pizza estuvo lista, me acomodé en el salón con la película ya empezada y una mesita pequeña donde me disponía a cenar. No sé cuándo me dormí. De hecho, para mis costumbres, me dejé la lata de cerveza casi entera. Miré la hora y siendo casi las cuatro de la madrugada, decidí que era hora de meterse en el catre.
Para cuando me desperté, sabía que había descansado lo suficiente. Me estiré en la cama y sabiendo que era mi primer día de descanso, me preparé un delicioso café soluble en una taza con agua caliente. En la televisión seguían hablando y debatiendo sobre la nueva gripe y como las farmacéuticas se iban a forrar de nuevo. La ducha de ese día fue más larga de lo habitual. Tenía tantas ganas de remojarme que gasté toda el agua caliente del termo. Hice inventario de guarradas para comer, y maldije por tener que salir al supermercado. Pues mi intención era de no salir hasta el lunes a las cinco de la mañana para ir a trabajar. Me puse lo más guapo que pude. ¿Por qué? Porque, la verdad, hay una chica del supermercado que me tiene enamorado. Siempre que puedo la piropeo, pero mis dotes de cortejo no son las más eficaces. Por todo ello, me fui a comprar. Sorprendentemente, el pueblo estaba más solitario que de costumbre. Aunque viendo las noticias, la gente es muy sugestionable ante este tipo de noticias. Algo que me viene muy bien a mí. Por lo que tardaría mucho menos de lo esperado. El supermercado no tenía ni un solo cliente. Solo los empleados, y para mi suerte, sí que estaba mi empleada favorita. No sé si es por su trabajo, o porque, pero cada vez que me ve me saluda y me da hasta conversación canon. Algo de lo que yo estoy encantado, para que vamos a engañarnos. Prácticamente todo el recorrido estuvo hablándome. Como si no tuviese otra cosa que hacer. Bueno, no tenía otra cosa que hacer. Todo estaba colocado, limpio y el jefe no estaba. Al ir a pagar, me armé de valor y la invité a tomar una copa después de su turno. Eso fue como si su chip cambiase. Pues me cobró y tan solo me dijo con voz muy seria: “lo siento, no puedo”.
Tampoco la insistí mucho. No soy de los pesados. No es: no. Me da igual las excusas. Mi despedida fué: “otra vez será”. Algo cortés y elegante. Mientras guardaba las bolsas en el maletero, no podía quitarme de la cabeza a esta chica. “Joder, normalmente me da igual que me rechacen. Pero ¿Por qué con esta me jode?” pensé. Otro día lo vuelvo a intentar. Al sentarme de nuevo en el Ford, por la parte trasera sentí un golpe. Miré por el retrovisor y descubrí a un hombre. Ya le había visto en otra ocasión, y con la fama de borracho. Al ver como se movía, dejé estarlo. Pues no me interesaba discutir con un hombre embriagado. Arranqué y poco antes de iniciar marcha, golpeó la luna trasera. “Será gilipollas”. Continué mi camino, no sin ganas de partirle la cara. ¿Pero que ganaría liándome a puñetazos contra un tipo que mañana ni se acordaría de mí?
Nuevamente la vuelta a casa fue lo más fluido posible. Tan solo me crucé con dos furgonetas de albañiles y una patrulla de policía local. Para mis adentros me descojoné de lo ridícula que es la gente cuando les hablan de enfermedades contagiosas. El resto del día, no sé cómo transcurrió fuera de mis cuatro paredes. Tan solo estábamos mis películas y yo. Hasta que me quedé sin tabaco. Por suerte, cerca de casa, a tan solo una calle estaba el bar donde curiosamente vi por primera vez al borracho que me crucé por la mañana. Me acerqué, como no era de otra forma, andando. En cierto modo agradecí que me diera un poco el aire. El bar solo tenía dos clientes habituales, y por suerte aquel borracho no estaba. El camarero me miró algo escéptico. Pero enseguida me reconoció.
-Muy buenas, ¿Qué te pongo? –me preguntó con cierta armonía.
-Pues solo venía a por tabaco… -le contesté, pero al ver su cara retrocedí algo avergonzado- …pero qué coño, ponme un tercio.
-Marchando… -alegró su cara solo un poquito mientras rebuscaba en alguna de sus cámaras frigoríficas que tiene detrás de la barra.
Mientras me tomaba el refrigerio, mi madre me llamó al móvil.
-Que si mamá,… que estoy bien… -relataba con ganas de colgarla-… estoy de descanso… no… no voy a ir a Madrid este finde… venga… hablamos…
El camarero, mientras se colocaba las gafas, me pidió un cigarrillo y me invitó a tener la libertad de fumar dentro del local.
-Total… con toda esa historia de la gripe no ha venido más que lo que ves. Y que mierda, que venga Sanidad ahora. No te jode. –me decía sin haberle preguntado.
Dicho eso, nos prendimos un cigarrillo cada uno. El continuó colocando de un lado a otro vasos y yo miraba las redes sociales en el móvil. Los otros dos individuos, ajenos a todo, proseguían su partida de dominó. Tras pagar mi bebida, me dirigí de nuevo a mi hogar. No sin antes fijarme como otros dos hombres medio borrachos trataban de continuar su camino hacia donde fuera que se dirigieran. Uno de ellos, se tropezó contra una señal de Stop. El otro pareció divertirle, pues imitó el gesto. “Vaya panda de borrachos que hay en este pueblo, lo que hace el aburrimiento” me dije mientras cerraba la verja tras de mí.

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